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23.10.2024

¿Qué es La Mussara?

 

 

En las montañas de Prades, en el Baix Camp de Tarragona, a unos mil metros de altitud, sigue deshabitada desde hace más de cincuenta años La Mussara. Se trata de un remoto núcleo abandonado de 22 casas y la iglesia que las unía.

Su origen se remonta a tiempos anteriores a los documentos escritos, perdido en la niebla que envuelve esas montañas. Se han encontrado vestigios de la Edad del Bronce, aunque la primera mención aparece en un acta de concordia de 1173 entre el rey Alfonso I el Casto y el arzobispo de Tarragona. Parece que su nombre proviene de los sarracenos, quienes, al llegar, la habrían llamado Musâra, que significa paseo o lugar de tránsito. Y es que el tránsito ha marcado gran parte de la historia de este pueblo perdido; un tránsito de bandos y culturas, de prácticas y creencias, un tránsito en el que también se encuentran nuestros dos personajes a la espera de una visita extraordinaria...

 

En La Mussara resuenan nombres antiguos como Cal Po, Ca l’Estevanet, Ca la Mont-rala, Cal Gravat, o las tabernas de Ca l’Estudiant y Cal Cassoles. Sus habitantes paseaban por el Carrer de la Roca, el Carrer de davant de la Bassa, el Carrer de l’Església, el Carrer Major y la plaza. El pueblo llegó a tener 323 habitantes entre 1857 y 1860, y cada año celebraban la fiesta mayor el 6 de agosto, en honor a San Salvador. Pero todo eso ha quedado reducido a cuatro paredes, un campanario, algún arco y alguna viga, vestigios materiales de vidas fuertes y silenciosas que no hace mucho habitaban y trabajaban en un territorio seco y abrupto. Los vecinos fueron abandonando progresivamente el pueblo y las masías de los alrededores, buscando lugares fértiles con más agua y persiguiendo las comodidades que el siglo XX inventaba; hasta que a finales de los años 60 La Mussara quedó desierta y en manos de la naturaleza devoradora, indiferente a nuestros movimientos cuando aún eran minúsculos.

 

 

Desde entonces, La Mussara ha sido testigo del olvido, y con el olvido ha llegado el misterio. La espesa niebla que caracteriza estos parajes ha cobijado desapariciones y extrañas apariciones, voces sin cuerpo ni sombra, piedras que son portales y luces que vienen quién sabe de dónde. Las ruinas nos atraen y nos cuestionan, siempre reclaman una memoria, pero lo hacen sin hacer ruido, dejándonos el espacio (que es lo único que les queda) para decidir cómo nos relacionamos con las vidas pasadas. Vidas de personas probablemente no muy diferentes a nosotros, o a esos singulares personajes que ahora caminan perdidos por La Mussara en un teatro.

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¡Os esperamos!

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