Jessica Goldberg escribió Refugi en 1999, y se estrenó en el año 2000 en Nueva York, en un momento en que el teatro estadounidense vivía una eclosión de nuevas voces que exploraban la intimidad, la fragilidad emocional y las formas de convivencia fuera de los márgenes más convencionales. Goldberg, con una sensibilidad punzante y una gran capacidad para retratar el dolor silencioso, se situó dentro de esa generación de dramaturgas que hacían de lo cotidiano un espacio de resistencia emocional.
Refugi nace de una herida: la de una familia que se rompe, la de un mundo sin adultos, y la de una responsabilidad que recae demasiado pronto sobre unos hombros jóvenes. Pero también es una obra llena de ternura, de una pequeña luz, de gestos mínimos que sostienen. Goldberg no juzga a sus personajes; los observa con compasión, con lucidez y con una gran humanidad.
Con una escritura directa y, al mismo tiempo, llena de silencios, Goldberg construye una pieza que atraviesa el tiempo. Aunque fue escrita hace más de veinte años, Refugi sigue hablándonos hoy con una fuerza innegable. En un momento en que los vínculos familiares se están redefiniendo, en que la idea de hogar se vuelve porosa, en que muchas personas —jóvenes y no tan jóvenes— buscan un lugar donde sentirse seguras, esta obra nos invita a volver a mirarnos y preguntarnos: ¿qué es, hoy, un refugio?
Revisitar Refugi es también reivindicar una forma de hacer teatro que pone en el centro la vulnerabilidad, el afecto y, como decíamos, el silencio. Jessica Goldberg escribió una obra que habla de un tiempo concreto, pero que inevitablemente se proyecta sobre nosotros. Hoy, volver a ponerla en escena es afirmar que esa pregunta —¿cómo cuidarse cuando todo falla?— sigue siendo urgente.
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